«La noche eterna»

 

         Como de costumbre, se levantó antes de que saliera el sol, se puso la desgastada ropa de trabajo, y se preparó el mismo desayuno que solía tomar casi todos los días. Después, se dirigió hacia la puerta de entrada de la casa y salió al porche. Esa mañana de invierno, era algo más fría que en días anteriores, así que volvió a entrar para abrigarse un poco más. Encogido por el frio y frotándose las manos, caminó hasta un granero que tenía a unos metros de la casa y abrió ambas hojas de la puerta delantera. Se subió a su viejo y leal John deere, y tras varios intentos lo arrancó. Encendió las potentes luces delanteras, y avanzó por un polvoriento camino que rodeaba los extensos campos de cebada. Mientras conducía su tractor de camino al trabajo, miró su antiguo y rallado reloj de pulsera herencia de su padre y pensó:

          – Qué raro, ya debería verse la clara del alba y sin embargo, aún sigue siendo noche cerrada.

         Sin darle más importancia continuó por el solitario recorrido hasta que llegó a la parte norte de la finca, donde estaban los aperos de labranza. Bastante más extrañado, volvió a mirar su reloj centrándose en la aguja del segundero para comprobar, que este funcionaba correctamente. Le dio unos golpecitos con el dedo, y se lo llevó a la oreja para escuchar el débil ruido que hacían las ruedecillas al moverse.

          – Las ocho y media, pensó, ya debería haber salido el sol.

         Se bajó al suelo y caminó unos pasos envuelto en una oscuridad que solo rompía los faros delanteros del tractor, y la tenue luz de las estrellas que brillaban en lo que seguía siendo, una noche clara y sin apenas nubes en el cielo. Algo más inquieto, se acomodó a pesar del frio, sobre una gran piedra cuadrada, y comenzó a darle vueltas intentando buscar una explicación lógica a la extraña circunstancia. Tras pensarlo todo con calma, llegó a la conclusión de que por algún motivo, su reloj debía haberse adelantado, así que decidió esperar un poco más allí sentado, hasta que las primeras luces del alba anunciaran la salida del sol. Pasó algo más de una hora, y aparte de que parecía que el frio era más intenso, todo continuaba igual. Sin pensarlo más, se levantó enérgicamente y se volvió a subir en el tractor para dirigirse a su casa. Cuando llegó, fue directamente a la cocina, donde tenía colgado un gran reloj de pared redondo, y aterrorizado, comprobó que marcaba las doce y cuarto, casi la misma hora que el de pulsera. Salió de nuevo a la calle y volvió a mirar hacia todos los puntos cardinales en busca de alguna claridad sobre el horizonte, pero el sol, continuaba sin salir. Deambuló después, durante unos minutos, intentando pensar en qué podría hacer para averiguar lo que estaba ocurriendo, y entonces, se le ocurrió la idea de ir a buscar la radio que solía llevar en la camioneta.

          – En la radio deben de estar dando información sobre lo que está ocurriendo.

          Abrió la oxidada puerta de su camioneta, y cogió la radio portátil que llevaba detrás del asiento. La encendió y comenzó a buscar emisoras con la esperanza de sintonizar alguna que estuviese hablando del extraño suceso, pero lo único que escuchó, fue música y solo música, ni una sola palabra sobre el asunto. Aún más aturdido volvió a mirar su reloj.

          – Dios mío, son casi las dos, ¿y si no volviese a salir más el sol?, quizás la tierra haya dejado de girar y por esa razón aún es de noche.

          Estaba tan confundido, que comenzó a  elaborar conjeturas sobre las posibles causas por las que ese día, no había salido el sol, hasta que decidió coger la camioneta y dirigirse a la casa de su vecino, que vivía a unos quince kilómetros de allí. Por la carretera, no se tropezó con ningún otro vehículo, lo que le resultaba aún más extraño, pensó que su vecino estaría igual de asustado que él, pero conforme se acercaba, comprobó que todo estaba en un absoluto silencio. Ni una sola luz encendida. Se quedó dentro de la camioneta mirando hacia la casa, en busca de algún síntoma de vida en su interior, y pensando si bajarse y llamar a la puerta, o salir corriendo de allí. Al final, el miedo terminó por apoderarse de él y decidió regresar de nuevo. Estaba tan contrariado que hasta ese momento no se había percatado del teléfono que tenía en el dormitorio. Entró en la habitación, se dirigió hacia la mesilla y decidió llamar a la policía para alertarles, o en su defecto, para conseguir algo de información. Descolgó el auricular colocándoselo muy despacio en la oreja, y se disponía a marcar el primer número, cuando de repente, un rápido pensamiento como una brillante luz, apareció en su mente. Volvió a colgar el teléfono, y se sentó en la cama completamente aturdido.

         – Pero que idiota soy…

            Suspiró lentamente y volvió a mirar su reloj.

        – No son las tres del medio día, son las tres de la mañana. Estaba tan cansado, que decidí acostarme después de comer, y dormí tan profundamente, que me desperté a las siete y media de la tarde pensando que era por la mañana.

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