«El hombre que cultivaba girasoles»

 

         El tiempo es algo que todos valoramos de una u otra manera. Unos, lo dedican, casi por completo al trabajo, a buscar ese colchón que nos permita disfrutar de una vejez tranquila a pesar de no tener ni siquiera la certeza de saber, si realmente llegaremos hasta ella. Otros, deciden vivir como si no hubiese un mañana, disfrutando el presente sin pensar ni un solo instante en ese futuro que se nos echa encima de una manera lenta, pero constante.

        A mí, me gustaba cultivar girasoles, campos inmensos que se perdían a la vista entre las altas montañas, con sus perpetuas nieves culminando  las majestuosas cimas. Entre los campos, serpenteaba un inagotable riachuelo con el agua más cristalina que jamás hayáis visto.

        Me gustaba sentarme frente a ellos, con un buen libro sobre mis rodillas, y levantando la vista entre página y página para poder contemplar los esbeltos y radiantes girasoles que tenía justo delante de mí. Si te fijabas muy bien, casi podías verles danzar al unísono, mejidos por el débil viento de poniente. Pasé muchas horas allí sentado, con todo el tiempo del mundo para decidir qué nueva aventura viviría al abrigo de los frondosos campos.

        Quizás, para el resto de los presos, tan solo fuesen garabatos dibujados en aquella sucia pared de la celda, pero a mí, me hacían sentirme tan libre como aquellos girasoles.

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