«De vivos colores»

 

         Sin duda alguna, una fría noche aquella víspera del día de los muertos en Ciudad de México, una fiesta que odiaba como tantas otras de manera férrea, así que tras redactar y entregar el último informe, me fui directamente al hotel. Cerré la ventana para evitar oír el alegre murmullo de la gente en las calles, y no tardé mucho en quedarme profundamente dormido.

          No podría recordar el tiempo trascurrido, pero más o menos a eso de la media noche, un seco y profundo crujido me despertó. Levanté la cabeza tratando de enfocar la vista entre la tenue semioscuridad, para intentar averiguar que podía haberlo causado, cuando de repente, todo mi cuerpo se quedó paralizado por el terror, al observar una tétrica figura acercarse lentamente hasta colocarse justo a mi lado. Un negro manto la cubría casi por completo, y sobre su cabeza, brillaba una especie de corona plateada que irradiaba un lúgubre y nebuloso halo de luz. Se mantuvo un momento en silencio y después, colocando su huesuda mano sobre mi brazo me dijo:

         – Mañana, volveré a por ti.

          Aterrorizado, apenas pude pegar ojo, durmiéndome casi al pintar el alba.

          Ya había salido el sol cuando me desperté sobresaltado por la horrible pesadilla que había tenido aquella noche, pero un desmedido pánico, se apoderó por completo de mí, al comprobar las rojizas marcas de sus dedos sobre mi brazo. Angustiado, deambulé durante todo el día por las transitadas calles de la ciudad, buscando alguna salida que me sirviera para poder escapar de aquella macabra cita, y casi sin darme cuenta, la oscura noche se fue dejando caer mientras la gente, se iba congregando por las grandes avenidas, dónde discurriría el extenso y caótico desfile nocturno. No quería volver al hotel, así que anduve por entre la multitud, que con coloridos disfraces y cadavéricas máscaras, bailaban al son de la festiva música.

         De repente, me detuve de manera súbita mientras mi corazón se aceleraba intensamente, entre toda la muchedumbre, pude distinguir aquella figura, que inmóvil, giraba su cabeza hacia ambos lados como si realmente me estuviese buscando a mí. En ese momento, un niño comenzó a tirarme de los pantalones pidiendo a gritos una limosna para poder comprarse una calaverita de chocolate y amaranto. Aquella escena llamó su atención, yo metí mi nerviosa mano en el bolsillo, y saque un puñado de monedas que entregué al niño para que se marchara, y acto seguido, salí corriendo para intentar perderla de vista. Al llegar a un cruce, me volví a detener en seco al verla caminando de esa forma tan especial, como flotando a unos centímetros del suelo delante de mí. Me agache detrás de una anciana que pretendía cruzar al otro lado de la calle y agarrándola del brazo, me ofrecí para ayudarla. Cruzamos despacio, muerto de miedo y sin mirar hacia atrás, pensando que en cualquier momento, sentiría su esquelética mano sobre mi hombro.

         Cuando llegamos hasta el otro lado, corrí hasta la siguiente calle, y allí, me encontré con el agitado y desordenado desfile, el cual aproveché para mezclarme bailando al ritmo de los redundantes tambores. Al cabo de un largo rato, y debido al cansancio, tropecé cayendo al suelo junto a una gran máscara de calavera adornada con vivos colores, la recogí y salí gateando entre los saltos y piruetas del resto de la gente, que totalmente ajenas a mi pobre estado, continuaban danzando alegremente. Con mucho esfuerzo, conseguí llegar hasta la acera más cercana, y totalmente sofocado, alcé la vista desde el suelo para comprobar como se acercaba de nuevo, tranquila, como si dispusiese de todo el tiempo del mundo. Me levanté como pude y prediciendo lo inevitable, en un último e irracional intento desesperado, me puse aquella máscara y, quedándome muy quieto, me coloqué justo al lado de un caballero con un elegante traje, que muy serio y con las manos cruzadas en su espalda, observaba el desfile impasible.

           Con la limitada mirada al frente, y sudando intensamente a causa del terror, observé cómo aquella pálida figura se colocaba justo delante de mí. Tan solo podía escuchar el ronco respirar dentro de aquella máscara y el fuerte latir de un corazón, que parecía querer salirse de mi pecho. Se mantuvo allí un instante, inmóvil, observándome dudosa mientras yo permanecía petrificado, temblando, con mis exaltados ojos clavados en su brillante rostro albino. Finalmente, continuó su camino desvaneciéndose poco a poco entre las luces y sombras de las farolas. Al verla marcharse, suspiré profundamente mientras repetía una y otra vez en voz alta:

         – Gracias a dios, no me reconoció con la máscara.

         – Gracias a dios, volvía a repetir, intentando recuperarme del terrorífico momento que acababa de pasar.

          Sin embargo, no había terminado de recobrar la respiración aún, cuando del hombre que había a mi lado, salieron unas siniestras palabras que dejaron completamente helada mi alma.

         – Tal y como le prometí, he venido a por usted.

        Yo me giré aún con la sudorosa máscara puesta, y pude ver claramente su cadavérico rostro que sonriente me miraba mientras pronunciaba con una lejana voz de ultratumba las últimas palabras que pude escuchar…

        – Nadie puede escapar de su destino.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *