«La pequeña caja negra»

 

         Todo comenzó una húmeda y fría noche de octubre. Volvía a casa por aquella calle desierta y poco iluminada después de tomarme una copa en ese desapacible local, donde la gente solitaria como yo, podía beber sin la necesidad de tener que relacionarme con los demás. Caminaba tranquilo por la estrecha acera, iluminada tan solo por las tenues luces de las viejas farolas, cuando de repente, de entre las sombras, un hombre bastante algo y delgado, salió a mi encuentro, haciendo que me detuviese de forma inmediata, y provocándome un fugaz escalofrío al fijarme en su pálido aunque sonriente rostro blanquecino.

          – No debería usted tenerme miedo, puesto que vengo a ofrecerle un valioso obsequio, que todo hombre desearía poseer. Dijo enseñándome una pequeña caja negra que sujetaba entre sus huesudas manos.

          – ¿Qué es? Le pregunté intrigado por lo que había allí dentro.

          Esbozó una leve sonrisa al comprobar que aquellas palabras, habían provocado en mí, un cierto interés. Levantó lentamente la tapa, y en su interior, pude ver un gran diamante de un profundo e hipnótico color negro.

          – Te traerá mucha riqueza mientras lo poseas, aunque también desgracias a todos tus seres queridos.

         Mis padres estaban fallecidos, y siendo hijo único, me había acostumbrado a vivir en una cómoda soledad, acrecentada también por un amargo carácter, así que sin pensarlo dos veces, alargue la mano para cogerla, y cuando ya la tenía entre mis manos, con voz tenebrosa dijo:

          – Pero recuerda, no podrás venderla, no podrás regalarla, no podrás perderla, y desapareció entre sonoras carcajadas.

          Durante los siguientes años, amasé casi sin esfuerzo una gran fortuna, pero una soleada tarde de primavera, terminé perdidamente enamorado de la que después, se convertiría en mi esposa. Al día siguiente de la boda, sufrió un pequeño accidente que me hizo recordar las tétricas palabras de aquel misterioso hombre. Durante horas, caminé desesperado en busca de algún remedio, pensando en la manera de poder librarme de la evidente maldición que yo mismo había consentido años atrás, cuando inesperadamente, el caprichoso destino, me hizo tropezar, cayendo al lado de un pequeño papel con la solución a mi terrible inquietud. Corrí hasta la pequeña casa de empeño que se publicitaba en aquel folleto, y empeñé aquel diamante durante un año,  y desde entonces, cada año regreso para recuperarlo y volverlo a empeñar, anulando así sus dañinos efectos sobre mi amada esposa, y otorgándole al mismo tiempo, una pequeña lección al misterioso y tétrico personaje.

«La noche eterna»

 

         Como de costumbre, se levantó antes de que saliera el sol, se puso la desgastada ropa de trabajo, y se preparó el mismo desayuno que solía tomar casi todos los días. Después, se dirigió hacia la puerta de entrada de la casa y salió al porche. Esa mañana de invierno, era algo más fría que en días anteriores, así que volvió a entrar para abrigarse un poco más. Encogido por el frio y frotándose las manos, caminó hasta un granero que tenía a unos metros de la casa y abrió ambas hojas de la puerta delantera. Se subió a su viejo y leal John deere, y tras varios intentos lo arrancó. Encendió las potentes luces delanteras, y avanzó por un polvoriento camino que rodeaba los extensos campos de cebada. Mientras conducía su tractor de camino al trabajo, miró su antiguo y rallado reloj de pulsera herencia de su padre y pensó:

          – Qué raro, ya debería verse la clara del alba y sin embargo, aún sigue siendo noche cerrada.

         Sin darle más importancia continuó por el solitario recorrido hasta que llegó a la parte norte de la finca, donde estaban los aperos de labranza. Bastante más extrañado, volvió a mirar su reloj centrándose en la aguja del segundero para comprobar, que este funcionaba correctamente. Le dio unos golpecitos con el dedo, y se lo llevó a la oreja para escuchar el débil ruido que hacían las ruedecillas al moverse.

          – Las ocho y media, pensó, ya debería haber salido el sol.

         Se bajó al suelo y caminó unos pasos envuelto en una oscuridad que solo rompía los faros delanteros del tractor, y la tenue luz de las estrellas que brillaban en lo que seguía siendo, una noche clara y sin apenas nubes en el cielo. Algo más inquieto, se acomodó a pesar del frio, sobre una gran piedra cuadrada, y comenzó a darle vueltas intentando buscar una explicación lógica a la extraña circunstancia. Tras pensarlo todo con calma, llegó a la conclusión de que por algún motivo, su reloj debía haberse adelantado, así que decidió esperar un poco más allí sentado, hasta que las primeras luces del alba anunciaran la salida del sol. Pasó algo más de una hora, y aparte de que parecía que el frio era más intenso, todo continuaba igual. Sin pensarlo más, se levantó enérgicamente y se volvió a subir en el tractor para dirigirse a su casa. Cuando llegó, fue directamente a la cocina, donde tenía colgado un gran reloj de pared redondo, y aterrorizado, comprobó que marcaba las doce y cuarto, casi la misma hora que el de pulsera. Salió de nuevo a la calle y volvió a mirar hacia todos los puntos cardinales en busca de alguna claridad sobre el horizonte, pero el sol, continuaba sin salir. Deambuló después, durante unos minutos, intentando pensar en qué podría hacer para averiguar lo que estaba ocurriendo, y entonces, se le ocurrió la idea de ir a buscar la radio que solía llevar en la camioneta.

          – En la radio deben de estar dando información sobre lo que está ocurriendo.

          Abrió la oxidada puerta de su camioneta, y cogió la radio portátil que llevaba detrás del asiento. La encendió y comenzó a buscar emisoras con la esperanza de sintonizar alguna que estuviese hablando del extraño suceso, pero lo único que escuchó, fue música y solo música, ni una sola palabra sobre el asunto. Aún más aturdido volvió a mirar su reloj.

          – Dios mío, son casi las dos, ¿y si no volviese a salir más el sol?, quizás la tierra haya dejado de girar y por esa razón aún es de noche.

          Estaba tan confundido, que comenzó a  elaborar conjeturas sobre las posibles causas por las que ese día, no había salido el sol, hasta que decidió coger la camioneta y dirigirse a la casa de su vecino, que vivía a unos quince kilómetros de allí. Por la carretera, no se tropezó con ningún otro vehículo, lo que le resultaba aún más extraño, pensó que su vecino estaría igual de asustado que él, pero conforme se acercaba, comprobó que todo estaba en un absoluto silencio. Ni una sola luz encendida. Se quedó dentro de la camioneta mirando hacia la casa, en busca de algún síntoma de vida en su interior, y pensando si bajarse y llamar a la puerta, o salir corriendo de allí. Al final, el miedo terminó por apoderarse de él y decidió regresar de nuevo. Estaba tan contrariado que hasta ese momento no se había percatado del teléfono que tenía en el dormitorio. Entró en la habitación, se dirigió hacia la mesilla y decidió llamar a la policía para alertarles, o en su defecto, para conseguir algo de información. Descolgó el auricular colocándoselo muy despacio en la oreja, y se disponía a marcar el primer número, cuando de repente, un rápido pensamiento como una brillante luz, apareció en su mente. Volvió a colgar el teléfono, y se sentó en la cama completamente aturdido.

         – Pero que idiota soy…

            Suspiró lentamente y volvió a mirar su reloj.

        – No son las tres del medio día, son las tres de la mañana. Estaba tan cansado, que decidí acostarme después de comer, y dormí tan profundamente, que me desperté a las siete y media de la tarde pensando que era por la mañana.

«Reflexiona»

         

 

         El sol brillaba en lo alto, reflejándose sobre los grandes ventanales que cubrían los edificios de la ciudad. Hacía una mañana primaveral, y un trasiego de personas iban y venían por las saturadas aceras de las principales avenidas. Yo había quedado con un cliente para comer, y me dirigía hacia el aparcamiento subterráneo donde diariamente estacionaba mi coche. Mientras cruzaba el parque que había enfrente de la oficina, un confortable aroma de flores me hizo suspirar profundamente, deteniéndome para poder apreciar mejor el momento. A mi lado, dos ancianos comentaban la última subida de impuestos, y un poco más lejos, un grupo de niños jugaban con una desgastada pelota verde y una portería dibujada con sus mochilas.

           Llegué hasta la entrada del aparcamiento contemplando el soleado día antes de empujar la puerta acristalada y entrar. Como lo tenía aparcado en la cuarta planta, y no me apetecía bajar por las escaleras, me detuve enfrente del ascensor.
Mientras esperaba a que este subiera, una silueta se colocó detrás de mí, notando por el perfume que se trataba de una mujer. Se abrió la puerta y ambos entramos colocándonos uno a cada lado. Como yo estaba en el lado de los botones, le pregunté cortésmente a qué planta se dirigía ella, y de una forma seca e indirecta contestó:

         – A la cuarta.

         Apreté sobre el deteriorado botón con el número 4, y este se iluminó poniendo en marcha el ascensor. Mientras bajábamos, giré con disimulo la mirada hacia su lado, y lo primero que vi, fueron varias bolsas de unos grandes almacenes que ella sujetaba con ambas manos. Después, alcé la cabeza para poder verle la cara, y a pesar de unas enormes gafas de sol que aún llevaba puestas, pude apreciar que era una chica muy atractiva. Ella permanecía inmóvil, con sus ojos clavados en la puerta de enfrente como si le resultase incómoda esa situación. Volví a girarme sin darle más importancia y me disponía a buscar las llaves del coche en los bolsillos cuando de repente, una leve sacudida detuvo el ascensor dejándonos con la escasa iluminación de las luces de emergencia.

         – Joder, ¿Qué ha pasado?, preguntó ella con una voz nerviosa.

        – No te preocupes, que no es nada, le respondí intentando tranquilizarla un poco.

        – No es la primera vez que me pasa esto, vamos a esperar un poco, y si no se arregla, llamamos al servicio técnico.

         Pasaron varios minutos, y ella dejó las bolsas en el suelo para poder mirar su reloj. Viendo que cada vez estaba más inquieta, me acerqué hasta el cuadro y pulsé sobre el botón rojo con la palabra “alarma” escrita en su interior, encendiéndose una pequeña luz dentro de este. Con voz despreocupada le comenté que no tardarían en venir a sacarnos de allí, y ella volvió a mirar su reloj murmurando algo sobre una cita.
Pasaron algunos minutos más, y como ella no soltaba una palabra, decidí romper yo el hielo y preguntarle qué tal había pasado el día. Me miró a la cara y con un tono malhumorado me contestó:

         – Pues bastante mal, llevo toda la mañana corriendo de un lado para otro preparando la boda y ahora para colmo esto.

Volvió a mirar su reloj y continuó:

          – Joder, ya llego tarde.

          – Vaya, ¿Te casas? Le pregunte, a lo que me respondió con un seco y rápido sí.

Siempre he pensado que una boda era algo para disfrutar y compartir tu felicidad con los seres queridos, pero viendo el stress que llevaba esa chica, más bien parecía que esa boda formaba parte de su trabajo. Como tampoco se me ocurría otra cosa, y no parecía estar muy dispuesta a mantener una conversación, simplemente la felicité, aunque más por cortesía que por sinceridad. Después, le sugerí que debía relajarse un poco, puesto que de todas formas, tampoco podíamos hacer nada más que esperar hasta que vinieran a sacarnos de allí. Ella resopló mientras se apartaba el pelo de la cara, y se apoyó en la barra de acero que había a la altura de la cintura. Intercambiamos alguna frase suelta más, y después, nos quedamos en silencio mirando cada uno hacia un lado.

          En ese mismo momento, encima de nosotros, la ciudad se consumía en llamas provocadas por la caída de una cabeza nuclear en la base aérea que se encontraba a varios kilómetros del lugar.

«El hombre que cultivaba girasoles»

 

         El tiempo es algo que todos valoramos de una u otra manera. Unos, lo dedican, casi por completo al trabajo, a buscar ese colchón que nos permita disfrutar de una vejez tranquila a pesar de no tener ni siquiera la certeza de saber, si realmente llegaremos hasta ella. Otros, deciden vivir como si no hubiese un mañana, disfrutando el presente sin pensar ni un solo instante en ese futuro que se nos echa encima de una manera lenta, pero constante.

        A mí, me gustaba cultivar girasoles, campos inmensos que se perdían a la vista entre las altas montañas, con sus perpetuas nieves culminando  las majestuosas cimas. Entre los campos, serpenteaba un inagotable riachuelo con el agua más cristalina que jamás hayáis visto.

        Me gustaba sentarme frente a ellos, con un buen libro sobre mis rodillas, y levantando la vista entre página y página para poder contemplar los esbeltos y radiantes girasoles que tenía justo delante de mí. Si te fijabas muy bien, casi podías verles danzar al unísono, mejidos por el débil viento de poniente. Pasé muchas horas allí sentado, con todo el tiempo del mundo para decidir qué nueva aventura viviría al abrigo de los frondosos campos.

        Quizás, para el resto de los presos, tan solo fuesen garabatos dibujados en aquella sucia pared de la celda, pero a mí, me hacían sentirme tan libre como aquellos girasoles.

«De vivos colores»

 

         Sin duda alguna, una fría noche aquella víspera del día de los muertos en Ciudad de México, una fiesta que odiaba como tantas otras de manera férrea, así que tras redactar y entregar el último informe, me fui directamente al hotel. Cerré la ventana para evitar oír el alegre murmullo de la gente en las calles, y no tardé mucho en quedarme profundamente dormido.

          No podría recordar el tiempo trascurrido, pero más o menos a eso de la media noche, un seco y profundo crujido me despertó. Levanté la cabeza tratando de enfocar la vista entre la tenue semioscuridad, para intentar averiguar que podía haberlo causado, cuando de repente, todo mi cuerpo se quedó paralizado por el terror, al observar una tétrica figura acercarse lentamente hasta colocarse justo a mi lado. Un negro manto la cubría casi por completo, y sobre su cabeza, brillaba una especie de corona plateada que irradiaba un lúgubre y nebuloso halo de luz. Se mantuvo un momento en silencio y después, colocando su huesuda mano sobre mi brazo me dijo:

         – Mañana, volveré a por ti.

          Aterrorizado, apenas pude pegar ojo, durmiéndome casi al pintar el alba.

          Ya había salido el sol cuando me desperté sobresaltado por la horrible pesadilla que había tenido aquella noche, pero un desmedido pánico, se apoderó por completo de mí, al comprobar las rojizas marcas de sus dedos sobre mi brazo. Angustiado, deambulé durante todo el día por las transitadas calles de la ciudad, buscando alguna salida que me sirviera para poder escapar de aquella macabra cita, y casi sin darme cuenta, la oscura noche se fue dejando caer mientras la gente, se iba congregando por las grandes avenidas, dónde discurriría el extenso y caótico desfile nocturno. No quería volver al hotel, así que anduve por entre la multitud, que con coloridos disfraces y cadavéricas máscaras, bailaban al son de la festiva música.

         De repente, me detuve de manera súbita mientras mi corazón se aceleraba intensamente, entre toda la muchedumbre, pude distinguir aquella figura, que inmóvil, giraba su cabeza hacia ambos lados como si realmente me estuviese buscando a mí. En ese momento, un niño comenzó a tirarme de los pantalones pidiendo a gritos una limosna para poder comprarse una calaverita de chocolate y amaranto. Aquella escena llamó su atención, yo metí mi nerviosa mano en el bolsillo, y saque un puñado de monedas que entregué al niño para que se marchara, y acto seguido, salí corriendo para intentar perderla de vista. Al llegar a un cruce, me volví a detener en seco al verla caminando de esa forma tan especial, como flotando a unos centímetros del suelo delante de mí. Me agache detrás de una anciana que pretendía cruzar al otro lado de la calle y agarrándola del brazo, me ofrecí para ayudarla. Cruzamos despacio, muerto de miedo y sin mirar hacia atrás, pensando que en cualquier momento, sentiría su esquelética mano sobre mi hombro.

         Cuando llegamos hasta el otro lado, corrí hasta la siguiente calle, y allí, me encontré con el agitado y desordenado desfile, el cual aproveché para mezclarme bailando al ritmo de los redundantes tambores. Al cabo de un largo rato, y debido al cansancio, tropecé cayendo al suelo junto a una gran máscara de calavera adornada con vivos colores, la recogí y salí gateando entre los saltos y piruetas del resto de la gente, que totalmente ajenas a mi pobre estado, continuaban danzando alegremente. Con mucho esfuerzo, conseguí llegar hasta la acera más cercana, y totalmente sofocado, alcé la vista desde el suelo para comprobar como se acercaba de nuevo, tranquila, como si dispusiese de todo el tiempo del mundo. Me levanté como pude y prediciendo lo inevitable, en un último e irracional intento desesperado, me puse aquella máscara y, quedándome muy quieto, me coloqué justo al lado de un caballero con un elegante traje, que muy serio y con las manos cruzadas en su espalda, observaba el desfile impasible.

           Con la limitada mirada al frente, y sudando intensamente a causa del terror, observé cómo aquella pálida figura se colocaba justo delante de mí. Tan solo podía escuchar el ronco respirar dentro de aquella máscara y el fuerte latir de un corazón, que parecía querer salirse de mi pecho. Se mantuvo allí un instante, inmóvil, observándome dudosa mientras yo permanecía petrificado, temblando, con mis exaltados ojos clavados en su brillante rostro albino. Finalmente, continuó su camino desvaneciéndose poco a poco entre las luces y sombras de las farolas. Al verla marcharse, suspiré profundamente mientras repetía una y otra vez en voz alta:

         – Gracias a dios, no me reconoció con la máscara.

         – Gracias a dios, volvía a repetir, intentando recuperarme del terrorífico momento que acababa de pasar.

          Sin embargo, no había terminado de recobrar la respiración aún, cuando del hombre que había a mi lado, salieron unas siniestras palabras que dejaron completamente helada mi alma.

         – Tal y como le prometí, he venido a por usted.

        Yo me giré aún con la sudorosa máscara puesta, y pude ver claramente su cadavérico rostro que sonriente me miraba mientras pronunciaba con una lejana voz de ultratumba las últimas palabras que pude escuchar…

        – Nadie puede escapar de su destino.